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17/01/2016
VIVIR CON TENSIÓN
 
 
Afirmar que en la actualidad muchas personas viven tensas no resulta erróneo ni novedoso, pero si sorprende la cantidad de individuos que viven tensos y que no se dan cuenta de ello. Lo cual es un problema en sí mismo ya que quien no registra su tensión nerviosa no podrá identificar su propio malestar, no comprenderá las causas por las que se siente así y difícilmente pueda por lo tanto hacer algo para salir de esa situación.

 Los efectos de vivir tenso suelen ser desde incómodos a nefastos: mal humor, irritabilidad, insomnio, ansiedad, cansancio frecuente, dolores musculares, cefalea, dolencias digestivas y así ad infinitum.
La tensión aparece cuando se pone en funcionamiento en el sistema nervioso un circuito de alarma que se activa ante cualquier percepción de peligro y prepara al cuerpo para afrontarlo. En realidad, es un eximio recurso de defensa y sobrevivencia del que dispone el organismo para encarar los peligros reales, por lo cual resulta imprescindible para la vida.


Pero si no existe un peligro real, y uno se preocupa o se anticipa ante posibles escenarios futuros la reacción será la misma, ya que la respuesta del organismo es exactamente idéntica ante un peligro real o un peligro imaginario que presupone la mente. Es decir, curiosamente, el cerebro no tiene capacidad para diferenciar una amenaza real de una imaginaria reacciona exactamente igual y ante una pre-ocupación o un temor anticipado el cuerpo funciona como si fuera algo cierto aunque se esté descansando en un cómodo sillón o mirando el techo. Entonces, el corazón late más rápido, la presión arterial se eleva, los músculos se tensan, la angustia aparece, los pensamientos negativos se disparan, los dolores florecen y uno la puede pasar muy mal.


Las preocupaciones y los temores generan cantidades importantes de hormonas y sustancias químicas vinculadas con el peligro y estas, a su vez, disparan las preocupaciones en una suerte de efectivo pero perjudicial círculo vicioso. La activación innecesaria del sistema de alarma genera entonces una tensión constante e innecesaria. Este sistema de alarma es comparable a la alarma de una casa o de un auto que se activa en el momento que se produce un ataque a la seguridad pero que en ciertas situaciones, falla y se dispara sola. Traducido al organismo, un sistema de alarma sensible desencadena en el cuerpo una serie de señales o síntomas aunque no serán iguales para todas personas ni estos tendrán siempre la misma intensidad. Dependiendo de cada persona y de su disposición biológica y/o psicológica, se evidenciará como inquietud, agobio, desconcentración, inseguridad, temor al descontrol, la sensación desagradable de que “algo malo va a pasar“, dificultad para tomar decisiones, pensamientos “feos” o somatizaciones.


Si bien el organismo siempre logra una cierta adaptación frente a las demandas a las que se encuentra sometido, es igualmente cierto que su capacidad de resistencia tiene límites que, al ser rebalsados, desembocan en una tensión nerviosa más o menos constante. Es entonces cuando hay que pedir la ayuda adecuada.

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