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30/08/2015
UNA CLAVE ESTÁ EN LA GRASA
 
 
Son muchos los factores que influyen en el desarrollo de los trastornos emocionales. Uno de ellos es la dieta y, en especial, el consumo de grasas. Hasta ahora, la importancia del efecto perjudicial de su consumo se centraba en el riesgo de inducir enfermedades cardiovasculares. En la actualidad, se incluye también su relevancia por sus acciones nocivas sobre el sistema nervioso.

 No todas las grasas son malas y conviene entonces puntualizar que existen cuatro variedades: 1) saturada, 2) trans, 3) monoinsaturada y 4) poliinsaturada. Las dos primeras son dañinas para la salud y conviene distinguirlas y saber que se deben ingerir en la menor cantidad posible.


La grasa saturada se encuentra en los alimentos que proceden de los animales (carnes, vísceras, embutidos, piel de pollo, huevos, lácteos enteros, crema, yema de huevo), en los aceites usados en elaboraciones industriales, en el chocolate y en los productos de pastelería. La grasa trans está presente en frituras, algunas margarinas, papas fritas, snacks y otros aperitivos. La grasa monoinsaturada se encuentra en el aceite de oliva, aceitunas, frutos secos y palta y la polinsaturada se halla en pescados, aceite de girasol, maíz, frutos secos, germen de trigo, pasas de uva, frutos secos y maní.


El consumo de grasas "sanas" (monoinsaturadas y polinsaturadas) previene y evita caer en depresión. Por el contrario, las personas con un alto consumo de grasas “malas” (trans y saturadas) tienen entre un 48% y un 60% más de probabilidad de sufrir cuadros depresivos que quienes hacen un consumo restringido de las mismas. Las estadísticas muestran que la depresión es mayor en los países del norte de Europa, donde se consumen más derivados ricos en grasas saturadas que la en los países del sur, donde la población tiende más a seguir la llamada dieta mediterránea.


Tal es la importancia enevitar el consumo de grasas saturadas y trans que se aboga por su prohibición mundial o, al menos, obligar a que se informe en las etiquetas de los productos el contenido y la cantidad de dichas grasas.
Una reciente investigación (Neuropsychoprhamacology, julio 2015) comprobó que una dieta con abundante grasas saturadas durante dos meses determina que el cerebro se vuelva menos sensible a la dopamina, sustancia química vinculada a la sensación de placer y que permite disponer de un buen estado de ánimo. A su vez -en una suerte de círculo vicioso- los bajos niveles de dopamina conducen a comer en exceso por no sentirse placer en la comida. Además, las grasas aumentan las hormonas suprarrenales que también son nocivas para el sistema nervioso.


Por otro lado, una dieta alta en grasas “malas” afecta la composición de la flora bacteriana normal de los intestinos, cambio que lleva a una inflamación que daña las células nerviosas que envían las señales desde el intestino al cerebro. En consecuencia, además de molestias locales se afecta la saciedad lo cual induce a comer en exceso y aumentar de peso.


Una dieta sana es imprescindible para tener un buen estado de ánimo y evitar el sobrepeso.

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