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23/08/2015
“A VECES EXPLOTO”
 
 
La personalidad es el conjunto de características psicológicas que cada individuo tiene y que se manifiestan de manera automática en su manera de actuar. Es el resultado de factores innatos, del desarrollo, del aprendizaje y de la acumulación de experiencias y acciones recíprocas entre el individuo y su medio que define su manera de percibir, sentir, pensar y comportarse. Por lo tanto, existen diversos tipos de personalidades y al igual que los colores hay tantos matices como mezclas de los básicos.

 Una personalidad a destacar es aquella con una marcada predisposición a funcionar de modo impulsivo ya que su comportamiento es fruto de una respuesta sin reflexión ni prudencia, que se deja llevar por la impresión del momento, sin medir las consecuencias de sus actos y con un ánimo fácilmente explosivo. Las primeras manifestaciones se suelen observar ya en la pubertad o adolescencia y el uso de alcohol u otras drogas colabora a que se evidencie con mayor facilidad. Esta personalidad es más frecuente en los hombres que en las mujeres y en ellas, muchas veces está asociado al período premenstrual.


El individuo con estos rasgos de personalidad reacciona de manera impulsiva, explosiva, hostil o agresiva cuando siente que se amenaza o se vulnera su autoestima, que suele ser el eje de referencia mediante el cual se relaciona con los otros. Por eso, son muy sensibles a las expresiones provocativas que percibe –reales o imaginarias- dirigidas a remarcar posibles defectos, señalar conductas erróneas, recibir juicios negativos o críticas a su forma de ser. El individuo sufre mucho porque siente que lo desvalorizan, que no lo tienen en cuenta, que no es merecedor de la atención de los demás, que se lo desprecia o que no se lo quiere. Reacciona de manera explosiva en episodios que suelen ser aislados, con pérdida del control y con agresiones verbales o físicas hacia quien siente que lo hirió - cualquier persona, sea conocida o desconocida- o destruyendo objetos propios o ajenos.

Muchas veces estas crisis son disparadas por un motivo insignificante y con una intensidad desproporcionada e ilógica. Es frecuente que, tras el estallido de la crisis, transcurridos unos minutos la persona se avergüence de su reacción y se auto-reproche o culpe por su descontrol. Lo que llama la atención a los demás es que suelen ser personas tranquilas, no agresivas, con un trato en general correcto en toda circunstancia, por lo que su reacción resulta inexplicable e incomprensible para quienes no lo conocen a fondo.

Obviamente, la falta del control de impulsos genera consecuencias: pérdida de su trabajo, separaciones o divorcios, accidentes o discusiones callejeras, conflictos sociales y, a veces, hasta problemas legales.

La causa de estas reacciones se vincula con una susceptibilidad constitucional, acontecimientos de la infancia que no fueron regulados de manera adecuada en su momento y/o a factores físicos agregados como alteraciones hormonales, metabólicas o disfunciones mínimas cerebrales, todo lo cual es factible de estudio y tratamiento.

 

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