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19/07/2015
PATERNIDAD TARDÍA
 
 
A medida que las épocas cambian se modifican los vínculos humanos. Uno de ellos es que se realizan menos matrimonios formales, con noviazgos prolongados o indefinidos y sin la anterior e ineludible presión social de casarse para oficializar la vida sexual en pareja y pensar en la reproducción.

 Cada vez más se retrasa la edad para tener hijos se desarticula la biología para engendrar con el hecho de disponer de estabilidad laboral y una aceptable situación económica. Tal como están las cosas, el tiempo se retrasa y por tal razón es más frecuente ser padre y madre recién entre los 35, 45 o más años, hecho difícil de pensar hace unas décadas atrás para ser padres primerizos.

Las mujeres tienen muy en cuenta su reloj biológico porque conocen que a medida que pasan los años disminuye la posibilidad de embarazo y aumenta el riesgo de que se presenten dificultades. Esta sensación de urgencia no se da de igual manera en los varones quienes, en general, no se consideran presionados por el factor tiempo.
Sin embargo, los resultados de algunas investigaciones emiten señales de alerta al vincular la edad avanzada del padre con posibles problemas futuros de salud en los hijos, especialmente, trastornos psicológicos o emocionales.

Aunque los hombres tienen la posibilidad de ser fértiles casi toda su vida, a medida que envejecen se incrementa el número mutaciones genéticas que se transmiten a través de sus espermatozoides: cuando un hombre tiene 40 años, sus espermatozoides ya sufrieron 660 divisiones con fragmentación de su ADN y aumentará a 800 divisiones a los 50 años, lo cual incrementa los riesgos de eventuales trastornos en los hijos.

En esa dirección, una investigación sueca que analizó la evolución de 2,6 millones de nacimientos durante 28 años comprobó que los niños nacidos de padres con 45 o más años -comparados con aquellos cuyo progenitor estaba entre los 20 y 24 años en el momento del nacimiento- tenían un riesgo 3,5 mayor de padecer autismo, 13 veces más probabilidad de sufrir un trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el doble de padecer psicosis, 25 veces más de trastorno bipolar y una probabilidad mayor al doble de consumir de drogas.

El retraso de la paternidad implica también pensar que cuando el hijo llegue a la pubertad o adolescencia y requiera por la revolución de su edad mayor atención, el padre tendría 65 o 70 años y pueda ya ser él quien necesite de la ayuda del hijo. Es decir, se altera el clásico ciclo que sostuvo a las familias durante mucho tiempo en donde los padres ayudaban al hijo para que después el hijo ayudase a los padres.

Sin embargo, vale puntualizar que el resultado final de la salud emocional de los hijos siempre responde a factores multifactoriales y no implica que estén condenados solo por la cuestión de la edad paterna. Es una variable más para tener en cuenta.
Incluso, muchos no están de acuerdo con cargar las tintas sobre la edad. Afirman que quienes deciden tener un hijo con más años encima es porque lo han meditado mejor y suele tener un hijo más deseado.

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