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19/04/2015
PLACER SIN FRENO
 
 
En el año 1953, P. Miler y J. Olds -investigadores de la Univesidad McGill, Canadá- hicieron un importante descubrimiento en animales de laboratorio mientras estudiaban una región del cerebro llamada sistema reticular. Para eso habían implantados electrodos en el cerebro de los roedores pero algunos de ellos, por error de cálculo, fueron colocados más adelante en una zona conocida como septum pelucidum.

Una vez implantados los electrodos, adiestraron a los animales para que ellos mismos aprendieran a bajar una palanca que les generaba una pequeña descarga eléctrica sobre el cerebro. Con sorpresa comprobaron algo impactante: aquellas ratas con los electrodos en el septum pelucidum llegaban a auto-estimularse miles de veces por hora, sin poder parar o retornaban corriendo a repetir esa acción si eran apartadas. Era tan intensa la atracción de los animales en bajar la palanca que preferían seguir con esa conducta antes que comer, tomar agua, copular estando en celo o cuidar a sus crías recién nacidas. Si se las dejaba avanzar en el experimento morían exhaustas y deshidratadas.


Los investigadores, sin querer, habían descubierto el “centro del placer” y que esa sensación se debía a neuronas que liberaban dopamina la cual se extiendía en red a otras regiones cerebrales (núcleo accumbens, corteza prefrontal, núcleo estriado y amígdala) lo que determina la sensación final de placer.
Con los actuales estudios de imágenes se pudo comprobar que este circuito se activa por variados estímulos como el orgasmo, la ingesta de alimentos, las recompensas económicas, sustancias psicoactivas, el juego o las compras. Por lo tanto, se reitera la búsqueda de esos estímulos. Algo interesante es que lo mismo ocurre con ciertas conductas como el ejercicio físico voluntario, la meditación, el rezo, la aprobación social o la generosidad.
 

En realidad, este circuito de recompensa es muy complejo porque también se vincula con las regiones que participan en la toma de decisiones, la planificación, la memoria y la emoción. Esta interconexión permite agregarle al placer recuerdos, asociaciones, emociones, sonidos, olores y significado social. Es lo que le da al placer humano tanta potencia y lo que lo diferencia de lo que sucedía en el experimento mencionado, algo puramente mecánico.


Del placer se puede pasar a la adicción en aquellas personas vulnerables que no toleran bien la tensión y la ansiedad, buscan alegría artificial, desinhibición o incrementar su rendimiento físico o mental.
En general, buscar el placer es una decisión inicial natural, voluntaria e inherente a la condición humana. Sin embargo, el consumo de lo placentero puede seriamente comprometerse por la falta de control que es el sello característico de toda adicción.
Lo interesante es que tanto las conductas virtuosas (alimentarse bien, por ejemplo) o las adictivas (que lleva a la obesidad) utilizan los mismos circuitos del placer y serán entonces las características de las personas (físicas y/o psíquicas) las que determinaran cual camino se terminará transitando.

 

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