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04/05/2014
MENTIRAS DURADERAS
 
 
Los estudiosos de la mente afirman -especialmente los psicoanalistas y W. Bion, en especial- que para lograr un adecuado desarrollo de la mente se necesita de la verdad, de igual manera que el organismo requiere de saludables alimentos que lo nutran. Por el contrario, la mentira resulta un elemento dañino y tóxico, aunque forma parte de la conducta normal si es ocasional y con un fin de protección.

 No es lo mismo falsedad y mentira: una, es una concepción errónea de la realidad, la otra, implica una distorsión intencional de la misma. Las personas que mienten generan mundos inconsistentes y relaciones poco sólidas que resulta difíciles de modificar.

“Los seres humanos decimos mentiras en muchas épocas de nuestras vidas” afirma el especialista R. De Vries. Agrega que "Así, el niño es mentiroso en la misma medida en que sus fantasías se hagan presentes para confundirlas con realidades. El adolescente es mentiroso en la medida que su encuentro con el mundo real le cause frustraciones. El joven es mentiroso, en tanto y en cuanto no se sienta capaz de confrontar las verdades que le adversan. El adulto es mentiroso cuando no ha logrado superar los obstáculos que le ha puesto la vida y por lo tanto para sentirse el triunfador que nunca ha sido, engaña. Por último, el anciano es mentiroso cuando no se perdona los errores que ha cometido en su vida”.

Pero, a diferencia en esas etapas, el mentiroso habitual o el mitómano son personalidades enfermas.

La mentira tiene distintas finalidades: quedar bien, conseguir algo que se quiere, no perder privilegios, obtener utilidades, no encarar la verdad, ser aceptado, postergar decisiones, evitar enfrentar los hechos. Le brinda al sujeto una dosis de satisfacción ya que suele sentir cierto grado de placer por ser más listo que los otros, al mismo tiempo que el riesgo lo hace disfrutar de su adrenalina. Como contracara, le implica un gran esfuerzo mental ya que mentir obliga a generar otras nuevas para sostener su posición y después recordarlas.

Dos rasgos suelen prevalecer en la personalidad de quién miente con frecuencia: 1) una baja auto estima por la cual la mentira es el medio para sentirse importante, llamar la atención y buscar la aceptación social, exagerando o inventando historias o anécdotas; 2) el egoísmo o narcisismo exagerado que lleva a usar la mentira para obtener o lograr lo que quiere. Su código moral es escaso y no hay culpa ni preocupación por el otro, salvo cierta vergüenza por ser descubierto.

Una trampa que padece el mentiroso es que el personaje reemplaza a la persona y los beneficios o valoraciones que pueda conseguir le impide disfrutarlo pues no se relacionan con su verdadero Yo. Otra, que la mentira enferma ya que aumenta la presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria, altera la actividad eléctrica de la piel entre otras consecuencias posibles.

Es muy raro que una persona se trate por este trastorno pero sí es frecuente que lo necesiten quienes padecen su convivencia (la pareja o la familia nuclear) con quien hace de la mentira un hábito patológico.

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