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23/02/2014
ENCERRADOS EN LUGARES ABIERTOS.
 
 
El miedo a salir de casa es uno de los síntomas típicos de la ansiedad y se llama agorafobia. En realidad, es el miedo a todos aquellos espacios en que resulte difícil escapar o recibir ayuda si aparece una vivencia de peligro. Suele comenzar por un pensamiento fugaz de que uno se puede sentir mal si sale solo (miedo a desmayarse, al infarto, a que le falte el aire, a perder la conciencia, a tener otro ataque de pánico si ya tuvo uno, etc.) y que de manera progresiva se instala y refuerza la creencia de que es más seguro quedarse en casa ya que afuera reside el peligro. Se buscan silenciosos argumentos para no salir, excusarse ante los demás y sentir que el hogar es el mejor ámbito para tener seguridad y tranquilidad.

 El miedo se generaliza a diversas situaciones y lugares se manifiesta, por ejemplo, en rehuir la espera en la cola del supermercado, viajar en colectivo, en avión, sentarse en la mitad de una fila en el cine, etc.

Quienes la padecen son personas sanas físicamente y por tal motivo no se encuentra ninguna alteración en el control médico de rutina. Los síntomas suelen manifestarse por primera vez entre los 18 y los 35 años y es poco frecuente que aparezca más tarde.
Nuestro organismo está equipado con un complejo sistema de alarma que se activa a sí mismo ante la percepción de cualquier peligro, se auto regula y se prepara para evitarlo. Es lo que se observa, por ejemplo, en cualquier animal que, si se siente amenazado su primera reacción es alejarse de esa amenaza pero si el escape no resulta posible se torna agresivo.

El neurocientífico Paul D. MacLean (1913-2007) describió que el cerebro humano está constituido por tres capas. La más antigua, ubicada en el centro del cerebro, se encarga de regular las acciones esenciales para sobre vivir, como es comer y respirar. La segunda capa es la responsable de la conservación de la especie y del individuo y aquí se encuentran las estructuras del sistema límbico, a cargo de regular las emociones, la alimentación, la evitación del dolor y la búsqueda del placer. La tercera capa, la corteza cerebral es la responsable del pensamiento racional y abstracto.

Ante un peligro se activa el sistema de alarma que prepara al organismo para sobrevivir. El miedo provoca las mismas reacciones fisiológicas que el miedo al dolor físico y está a cargo del sistema límbico, especializado en detectar peligros pero que no identifica detalles sino que se dispara ante cualquier percepción de riesgo aunque sea burdo. Se produce entonces un incremento en la actividad de diversas respuestas corporales -aumento de la presión arterial, de la frecuencia cardíaca, del metabolismo, del nivel de la glucosa en la sangre, el aumento en la coagulación sanguínea, de las hormonas del miedo y el freno del sistema inmunológico- junto a un aumento en la actividad mental, con pensamientos y fantasías de terror.

En el agorafóbico el sistema de alarma se dispara de manera espontánea y sin evidencias de peligros verdaderos. Con tratamiento adecuado, este trastorno se soluciona.

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