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12/01/2014
LOS INDECISOS
 
 
Siempre es necesario decidir y quien no lo hace está condenado a que los hechos u otras personas decidan por él.

 Tomar una decisión es un proceso complejo cuya finalidad es definir un curso de acción, valorar los pro y los contra y ponderar cuál será la vivencia final por los resultados que se obtengan.
En el hecho de tomar decisiones intervienen tanto factores psicológicos como físicos.

Entre los primeros se pueden mencionar como los más importantes (aunque no los únicos): 1) el temor al fracaso, 2) dudar de la propia capacidad para elegir bien, 3) postergar las decisiones y “dejar para mañana lo que se debe hacer hoy” (se llama procrastinar), 4) el perfeccionismo, 5) no poder conectarse con los propios deseos o sentimientos (alexitimia), 6) el miedo a equivocarse y arrepentirse después, 7) el temor al cambio y, por ende, no arriesgar (“más vale malo conocido que bueno por conocer”), 8) carecer de una escala de valores que permita jerarquizar lo que es importante, 9) falta de confianza propia por la que ninguna definición resulta buena, 10) la desesperanza o la depresión, que nubla el futuro, 11) la necesidad de agradar a los demás, por la cual no decidir resulta una forma de evitar conflictos o posibles rechazos, 12) exigencias desmedidas que paralizan (actúa en exceso el “debería”, “podría”, tendría” y “querría”).

Entre los factores físicos es útil señalar descubrimientos próximos realizados por la Escuela Universitaria de Londres que hicieron foco sobre algunas hormonas. Una de ellas, la testosterona, presente tanto en hombres como en mujeres, influye en que un individuo tenga más confianza en sí mismo, con mayor interés por encarar riesgos y con la intención de resultar ganador. Si esta hormona escasea puede aparecer la inseguridad y la indecisión prolongada.
Otra hormona de interés es la oxitocina, producida en el hipotálamo y que, entre otras acciones, está involucrada en establecer relaciones de confianza y de acercamiento con otras personas. Es útil tener presente que cuando una persona se vincula mejor con los demás, las decisiones resultan menos dificultosas para tomar por la cooperación que se siente.

Por su lado, el cortisol -hormona estrechamente vinculada al estrés y al enfrentamiento de peligros- si se encuentra en niveles elevados lleva a la indecisión y a frenar toda conducta que implique asumir riesgos.

Sean cuales fueren las causas de la indecisión, las consecuencias posibles son, eventualmente, quedarse sin el pan y sin la torta y la pérdida de oportunidades convenientes. Siempre que se toman decisiones está implícito el superar dudas e inseguridades y es normal que toda persona tenga momentos de indecisiones. La cuestión entra en el terreno de la anormalidad -que merece ser atendida como corresponde- cuando es continúa, prolongada, indefinida o interminable. En otras palabras, sentirse indeciso algunas veces no tiene nada de malo, lo problemático es si la indecisión de transforma en el eje de la conducta personal. Como decía B. Franklin “la indecisión es la peor decisión”.

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