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20/12/2013
ESTRÉS BUENO Y ESTRÉS MALO
 
 
El cuerpo humano, en condiciones normales, permanece en un estado de equilibrio dinámico fruto de una serie de sistemas que se auto regulan y controlan múltiples variables orgánicas de manera simultánea. Aquellos estímulos y sus consecuentes respuestas que atentan contra ese equilibrio inducen cambios y modificaciones que, en su conjunto, reciben el nombre de estrés.

 El investigador Hans Selye fue quien popularizó la palabra estrés como un síndrome general de adaptación, proceso por el cual el organismo -tanto animal como humano- confronta contra lo que él llamó un agente nocivo.

Describió tres etapas del estrés: una primera, de alarma, a partir de la cual el organismo se prepara para “la defensa o la huída”. En ella, el hipotálamo -un puente entre el cerebro y el sistema endócrino- manda una señal a la hipófisis para que libere ACTH, hormona que, a su vez, le ordena a las glándulas suprarrenales producir más cortisol, hormona que viaja por la sangre a todos los rincones del cuerpo para luchar y sostener el equilibrio amenazado. Por su intermedio, se inducen aumentos en los niveles de azúcar en sangre, de la presión arterial, del estado de alerta y de la provisión de energía al mismo tiempo que se frenan otras funciones como las del sistema inmunológico, el digestivo y el reproductivo. Sigue una segunda etapa, llamada de resistencia, en donde los sistemas de defensa y de adaptación alcanzan su máxima eficacia y rendimiento, permitiendo una pulseada eficaz contra aquello que sobre carga o ataca al organismo. Si esta etapa se prolonga más de lo conveniente, se llega a la tercera fase, llamada de agotamiento, donde finaliza la adaptación y la defensa del cuerpo con la inducción de distintas enfermedades.

La liberación persistente de cortisol ocasiona trastornos de sueño, aumento de la insulina, de presión arterial, de frecuencia cardíaca, trastornos tiroideos, depresión, propensión a las infecciones, inducción de trastornos auoinmunes, entre otras muchas consecuencias posibles.

Es importante destacar que estrés puede ser cualquier situación fuera de lo habitual a la que el organismo deba adaptarse. Por ejemplo: una mudanza, un cambio de trabajo, un viaje de placer, las mismas vacaciones, cambios en la dinámica familiar o toda modificación repentina de los hábitos y costumbres.
Un cierto nivel de estrés -hacer un esfuerzo físico, resolver problemas, no instalarse en rutinas estáticas, etc.- resulta conveniente para tener bienestar y salud. Como decía Aristóteles “la virtud está en el término medio”. En consecuencia, es tan perjudicial el exceso de trabajo y preocupaciones como estar inactivo, aburrido o en un ambiente siempre monótono y sin estímulos.

El estrés “bueno” es un mecanismo fisiológico normal que no daña ni enferma pero si su intensidad o duración desborda la capacidad de adaptación del organismo se afectarán las funciones cardiovasculares, hormonales, neuroquímicas así como las psicológicas y emocionales, transformándose en un “estrés malo” que puede comprometer seriamente la salud.

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