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17/11/2013
MAÑANAS DIFÍCILES
 
 
Una persona adulta necesita un promedio de 7 a 9 horas de sueño nocturno para despertarse con un adecuado estado de ánimo y de energía para encarar sus actividades cotidianas de manera satisfactoria.

El sueño es una actividad cerebral que tiene diversas etapas que se suceden de manera predeterminada. Una de ellas, la etapa de sueño profundo, es primordial para proporcionar no solo un buen descanso sino el despertar con las “pilas” cargadas para comenzar el día. A su vez también durante el sueño se producen y se reacondicionan los niveles de una serie de sustancias hormonales y químicas del cerebro necesarias para un adecuado bienestar.
Sin embargo, para infinidad de individuos el despertar suele ser el peor momento del día por sentir que no se pueden levantar de la cama, pensar en realizar sus actividades diarias resulta una tortura que se percibe como una misión imposible, sienten angustia, miedos y una notoria falta de energía. Prestigiosos y antiguos psiquiatras llamaron a este malestar “polo matinal de la angustia” pero, en la actualidad y afortunadamente, se han encontrado varias causas que lo producen.

Un hecho interesante en quienes tienen un mal despertar es que, a diferencia de la mayoría de las personas, están mucho mejor al atardecer que al amanecer. Es decir, sienten más energía, por ejemplo, a las 8 de la noche que a las 8 de la mañana. Un comentario frecuente de escuchar es “a la noche estoy como si no me pasara nada, ojalá mañana me despierte así”. Incluso suelen hacer sinceros programas de actividades para el día siguiente pero que no pueden cumplir porque se despiertan muy desvitalizados.
Esto suele ocurrir en algunas personas sin motivos o factores causales que lo justifiquen. En otras, en cambio, suele ser consecuencia de excesivas preocupaciones, situaciones de mucha sobrecarga emocional, hechos
estresantes de diversos motivos, pérdidas afectivas, económicas o de alud, conflictos familiares prolongados, etc.
Existen ahora algunas explicaciones que permiten comprender estas mañanas difíciles. Una de ellas hace foco en dos hormonas: el cortisol y la DHEA.

Ambas hormonas son fabricadas por las glándulas suprarrenales, llamadas así por están ubicadas sobre ambos riñones. El cortisol en cantidades adecuadas prepara al organismo para encarar los esfuerzos físicos y mentales del día. Si escasea suele producir cansancio y si se produce en exceso puede generar miedo, angustia o vivencias cercanas a la tristeza y falta de motivación.

La DHEA por su parte produce un aumento de la energía, del vigor y del estado de ánimo, fortalece la memoria y la capacidad de pensar, incrementa la masa y la fuerza muscular, mejora el deseo sexual (es precursora de las hormonas sexuales) y tiene otros efectos metabólicos. Su escasez afecta las acciones mencionadas.
A su vez, los desniveles de estas hormonas comprometen los niveles de serotonina cerebral, cuyo descenso ocasiona a su vez diversos desórdenes emocionales, que en un círculo vicioso, remarca la dificultosa empresa de comenzar el día en condiciones normales.

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