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20/10/2013
AZÚCAR Y CEREBRO
 
 
El sabor dulce es uno de los preferidos del ser humano y es la razón de porque se consume tanto. Entre los azúcares de la dieta habitual, los dos principales son la glucosa y la fructosa, que juntos, conforman la sacarosa o el azúcar de mesa.

 El consumo excesivo de azúcar daña la salud: sobrepeso, induce el desarrollo

de diabetes, debilita el sistema inmunológico y baja las defensas, provoca

déficits de calcio y magnesio, promueve la hiperactividad y la ansiedad, daña

las piezas dentales, genera problemas digestivos, etc. Por tal motivo, la OMS

recomienda no ingerir más de 50 gramos de azúcar por día.

Tanto las altos o bajos niveles de azúcar en la sangre (glucemia) alteran el

funcionamiento cerebral, hecho conocido por los pacientes diabéticos.

La fructosa está presente de forma natural en la fruta (de ahí su nombre) y en

baja proporción como para ocasionar problemas. Sin embargo, consumida en

gran cantidad, es capaz de ejercer efectos nocivos en la salud.

Por ser un recurso barato, la fructosa y en especial sus derivados son los

preferidos por la industria para ser agregados en los alimentos y bebidas

procesadas. Su consumo aumentó de manera exponencial desde 1970,

coincidiendo con el incremento paralelo de la obesidad en la población mundial.

Suele añadirse en exceso en gaseosas, condimentos, alimentos enlatados,

caramelos, mermeladas, sopas comerciales, extractos de carne, cubitos,

salsas, aderezos de ensaladas, mayonesas comerciales, snacks, etc. Muchas

veces combinada, además, con grasas.

Una investigación de la Universidad de California (EE UU) y publicada en el

Journal of Physiology, demostró que altos niveles de fructosa perjudica el

aprendizaje, la memoria y provoca que el cerebro trabaje con lentitud.

“Lo que se come afecta a cómo se piensa”, se afirma en el estudio. A largo

plazo, una dieta excesiva con los alimentos mencionados altera la capacidad

del cerebro para recordar al afectarse las conexiones entre las neuronas y

las proteínas en el hipocampo, un centro cerebral clave para la memoria y el

manejo del espacio.

La acción de la fructosa sobre el apetito también se debe destacar: mientras

que la ingesta de glucosa “apaga o suprime la actividad de las zonas del

cerebro responsables del apetito y genera saciedad, con la fructosa no se ven

esos cambios. Como resultado, el deseo de comer continúa o se incrementa”,

dice el investigador R. Sherwin.

También el exceso de fructosa dificulta la normal función de la insulina para

que las neuronas utilicen bien el azúcar, un paso imprescindible para el

adecuado procesamiento de los pensamientos y las emociones.

En animales de laboratorio se comprobó que durante la gestación un consumo

elevado de fructosa altera la acción de la hormona que frena el apetito (la

leptina), lo que repercute en las crías y modifica su conducta hacia la comida.

Si estos experimentos se pueden extrapolar a los humanos sería una evidencia

más de cómo la nutrición materna puede influir en el desarrollo alimentario de

la descendencia, ocasionando tendencia a la obesidad.

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