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08/09/2013
MALTRATO INFANTIL Y DAÑO CEREBRAL
 
 
El maltrato que recibe un niño en la infancia produce en la adultez serios trastornos emocionales y de personalidad. El psicoanálisis demostró que son consecuencia de factores psíquicos que continúan activos a pesar del paso de los años, se manifiestan en cualquier edad y de diversas formas. Acorde al mismo, queda un niño herido y lastimado en el interior del adulto que se evidencia en forma subjetiva, con depresión, ansiedad, pensamientos negativos, estrés, síntomas psicosomáticos, etc.; y, externamente, con agresividad, conductas impulsivas, adicciones, actos de violencia, prácticas sexuales de riesgo, consumo indebido de alcohol o drogas, entre otras.

 Según estadísticas europeas “la adversidad temprana representa el 50-78%

del riesgo atribuible para el abuso de drogas, la depresión, el alcoholismo y los

intentos de suicidio”.

Investigaciones iniciadas a partir de 1980 agregaron al daño psíquico

mencionado, el descubrimiento de los efectos que se producen en el cerebro

por el maltrato infantil. Sin duda, el desarrollo y el funcionamiento adecuado del

cerebro dependen de los cuidados y de los buenos tratos recibidos sobre todo

antes de los 4 años.

En un niño bien tratado se produce la normal secreción de neurotrofinas,

responsables del adecuado crecimiento de las neuronas, que ellas migren y

ocupen las regiones pertinentes, que desarrollen las ramificaciones necesarias

que permitirán la creación de redes funcionales eficientes y que se mielinicen

los nervios. Todo lo cual es básico para el saludable desarrollo motor,

intelectual, afectivo y vincular de los niños.

Ante el maltrato ocurren otros hechos. Uno de ellos, es la producción excesiva

de cortisol, una hormona que destruye neuronas en regiones claves como

es el hipocampo, minúscula estructura clave en el proceso de memorización

de nuevas experiencias. Es una zona muy vulnerable al exceso de cortisol

por ser una de las pocas del cerebro donde siguen generando nuevas

neuronas después del nacimiento. Al mismo tiempo, se activa de manera

sostenida la amígdala (el centro del miedo), la corteza cerebral visual (como

si ella continuara percibiendo el evento traumático) y se desactiva la región

del lenguaje verbal (se tiende a la actuación de las emociones y no a su

verbalización).

M. H. Teicher, uno de los pioneros en el tema, comprobó además que

se produce una suerte de tormenta eléctrica en los lóbulos temporales

responsable de que, aunque el individuo esté consciente, experimente

síntomas emocionales anormales, perturbaciones motrices y alucinaciones

diversas.

Los niños maltratados tienen, asimismo, más desarrollado el hemisferio

cerebral derecho que el izquierdo, a la inversa de lo que ocurre en niños

normales. El hemisferio izquierdo es responsable de controlar el lenguaje,

mientras que el derecho las emociones, especialmente, las negativas.

En consecuencia, el adulto con maltrato en su infancia tiene mayor riesgo

de sufrir problemas conductuales, físicos y mentales por el daño cerebral

ocasionado. Razones que ameritan un tratamiento integral.

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