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18/08/2013
EL ESTRÉS ENCOGE EL CEREBRO
 
 
Los ingenieros ingleses que calculaban la resistencia de un puente para soportar una determinada carga utilizaron la palabra stress como concepto del peso máximo que podía tolerar la estructura. La palabra la incorporó después la Medicina para explicar cuanto podía tolerar el organismo humano ante las presiones de la vida.

 Estrés implica entonces la carga máxima soportable. Para ello, nuestro

organismo dispone de recursos para responder a toda situación de exigencia,

de peligro o de presiones inevitables que impone la lucha cotidiana.

Vale aclarar que existen dos tipos de estrés: uno, agudo, rápido y de corta

duración que es el que permite adaptarnos y superar los inconvenientes

diarios y otro, crónico, que es continuo, prolongado, persistente y que no da

tregua. Este último es el que enferma ya que produce síntomas emocionales

(ansiedad, angustia, accesos de pánico, miedos persistentes, irritabilidad, falta

de deseos, incapacidad para encarar proyectos, etc.) o síntomas físicos (dolor

de cabeza, dolores de cuerpo, acidez de estómago, molestias intestinales,

náuseas, mareos, palpitaciones, cansancio, trastornos del sueño, cambios

menstruales, etc.).

Por lo tanto, mientras estrés agudo es una respuesta necesaria y saludable

del organismo, el estrés crónico, por el contrario, es nocivo y produce diversos

malestares o enfermedades. Sus consecuencias se acumulan en el organismo

de manera similar a como lo hacen los efectos nocivos de la exposición al sol

sobre la piel a través del tiempo.

Las glándulas suprarrenales (llamadas así por estar ubicadas sobre las

riñones) son las responsables de producir de manera continúa las hormonas

del estrés. En el estrés crónico no solo lo hacen en cantidades superiores

a las normales sino, además, lo hacen de manera continua, sin parar. Así,

las glándulas pueden, por la sobre demanda, agotar sus reservas con lo cual

se produce el fracaso para responder a las exigencias que le imponen las

obligaciones a un individuo.

Diversas investigaciones demostraron las consecuencias nocivas que eso

genera. Una reciente -publicada en Nature Medicine el 12/8/12- demostró

que el exceso de las hormonas del estrés induce un efecto muy perjudicial: la

disminución del volumen del cerebro. Fue la primera vez que se constató en

los seres humanos ya que antes se había descubierto que esto ocurría en los

animales de experimentación.

En las personas con estrés crónico (y también con depresiones prolongadas

o mal tratadas) se activa una suerte de interruptor genético, llamado GATA1,

que normalmente está “apagado”. Al encenderse, bloquea la formación

de las conexiones entre las neuronas que son necesarias para su normal

funcionamiento y durabilidad, lo cual genera la disminución de la masa

cerebral. Además, induce síntomas emocionales y trastornos de memoria y de

concentración por comprometer especialmente la región prefrontal del cerebro

y el hipocampo (centro de la memoria).

En otras palabras, el estrés prolongado puede ocasionar que el cerebro se

achique, se encoja o que envejezca de manera prematura.

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