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02/06/2013
LA REPRESIÓN DE LAS EMOCIONES
 
 
Nuestra cultura y sociedad tienden a jerarquizar más la razón que la emoción, quizás desde la premisa cartesiana de “pienso, luego existo”. En consecuencia, las emociones pasan a un plano secundario, no se facilitan su expresión y, más aun, de aquellas etiquetadas como negativas.

 Todos tendemos a amoldar las expresiones emocionales a los parámetros sociales que, de alguna manera, imponen determinados moldes. Por ejemplo, que el hombre piensa y la mujer siente, que los hombres no lloran, la tristeza hay que superarla, quien tiene miedo es un cobarde, no hay que quejarse, etc. Pero ningún ser humano puede dejar de sentirlas ya que las emociones forman parte innegable de la vida.

Se consideran cinco las emociones básicas: amor, alegría, miedo, rabia y tristeza y son señales que permiten enfrentar la vida y responder en consecuencia: el enojo anuncia que se han traspasado nuestros límites, el dolor nos señala que existe una herida, el miedo comunica un peligro, el placer ayuda a tomar conciencia de aquello que satisface, la tristeza denuncia lo perdido, la frustración expresa que existen necesidades no logradas, la impotencia implica la falta de capacidad para el cambio, la confusión que estamos presos de datos contradictorios. En pocas palabras: cada emoción tiene un determinado significado.

En su libro “Emociones que matan” (2003) D. Colbert afirma: “Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzaran por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde”.

La emoción es como la energía que se transforma pero no desaparece a pesar que se evite expresarla. Nunca mueren y al reprimirlas o ignorarlas quedan encerradas y explotan en el cuerpo. Algunas veces, a través de enfermedades digestivas, cardiovasculares, inmunológicas, dermatológicas, hormonales, etc., otras veces, a través de afecciones psicológicas o emocionales, tales como sentimientos de culpa, angustia, depresión, miedos, dolores, trastornos de alimentación, adicciones, etc. En consecuencia, siempre resultará un esfuerzo perjudicial tratar de sepultar las emociones ya que siempre, en algún lugar, están vivas y activas.

Por otro lado, quien reprime las emociones dolorosas también está condenado a no sentir las emociones agradables como la alegría, el goce, la felicidad o el placer. Algo semejante a la ley del todo o nada.

La represión o el bloqueo de las emociones determina que el cerebro produzca ciertos neuropéptidos que alteran y dañan el normal funcionamiento del sistema neurológico, el hormonal y el inmunológico generando variadas enfermedades.

Por tanto, ante síntomas que los buenos médicos no logran explicar con claridad -sean físicos o psíquicos- es conveniente prestar atención a lo que sucede en el mundo emocional sin olvidar que es en el cuerpo donde residen las emociones.

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