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07/04/2013
El alcohol y la sexualidad
 
 
El alcohol y la sexualidad se relacionan. Basta imaginar el encuentro de una pareja con una copa de vino, de champagne o un trago de por medio. O la "previa" que suelen hacer los jóvenes antes de ir a la disco. Una razón frecuente -tanto sea hombre o mujer- es utilizar el alcohol como una herramienta para eclipsar inhibiciones relacionadas con la timidez u otras dificultades al momento de vincularse sexualmente con la persona que se desea.

 Es decir, algunos pretenden solucionar sus problemas a través de la bebida. Un ejemplo típico, es el hombre inseguro que no se atreve a encarar a una mujer cuando está sobrio, pero que si lo puede concretar bajo los efectos del alcohol e insinúa, busca y concreta así una relación sexual.


Otra razón, una suerte de mito equivocado, es creer que el alcohol aumenta el deseo, la capacidad y el placer sexual. En realidad, ocurre todo lo contrario ya que el alcohol es un depresor del sistema nervioso central.
Su ingesta, en pequeñas cantidades, tiene un efecto desinhibidor que hace más fácil encarar y concretar acciones que de otra manera no serían factibles realizar. Pero en cantidades mayores, en lugar de actuar como un estimulante y mejorar el desempeño, termina funcionando como lo que es: un depresor de las funciones psicológicas y fisiológicas, entre ellas, la sexualidad.


El alcohol tiene efectos contradictorios ya que desinhibe, pero también retrae; relaja pero produce sueño; anima y después entristece o irrita. Es decir, quien pretende encontrar soluciones genera problemas, por lo que aquel que busca una salida a sus conflictos en el alcohol suele encontrar otras dificultades.
Una de ellas, implica la sexualidad. Como decía W. Shakespeare (en uno de sus personajes de Macbeth) "el alcohol provoca el deseo sexual, pero disminuye el rendimiento".


Esa afirmación tiene plena vigencia y fue confirmada por múltiples investigaciones que demostraron que el alcohol aunque desinhibe e incrementa el acercamiento sexual, por otro lado, provoca una merma de su funcionamiento natural.


Así, en los hombres, el alcohol genera impotencia al comprometer la capacidad de erección, afecta la eyaculación (que puede ser precoz o muy tardía), disminuye los niveles de testosterona y menoscaba la producción de espermatozoides.


A su vez, en las mujeres, altera el ciclo menstrual, disminuye la lubricación de la vagina o produce su inflamación, genera dolor ante la penetración e impide alcanzar el orgasmo.
Por lo tanto, el alcohol no es un buen amigo de la sexualidad y lejos está de ser un afrodisíaco como muchos, equivocadamente, creen.


También es preciso señalar que la ecuación cantidad de alcohol/consecuencias sexuales resulta muy particular y depende de cada individuo, de las características de su organismo, de sus hábitos y calidad de vida. Por eso la tolerancia al alcohol y sus consecuencias varía mucho de una persona a otra.
Como todo en la vida, ante dificultades sexuales es necesario buscar y encontrar soluciones sanas y efectivas. El alcohol no lo es.

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