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17/03/2013
COMIDA ADICTIVA
 
 
Cuando se habla de adicciones es común pensar en el alcohol, tabaco, cocaína y otras drogas. Sin embargo, no es tan frecuente considerar el juego patológico, las compras compulsivas, internet o la comida misma. Respecto a lo último, se debe señalar que el ser humano es el único ejemplar del reino animal que come más de lo que su organismo necesita para vivir, hecho que no responde a un requisito biológico sino a otros motivos. El principal, es el placer que generan ciertos alimentos y todo aquello que se relaciona con el placer, el cerebro lo puede transformar en adicción. Esta es una de las razones que vincula el tipo de alimentación actual con la alta tasa de obesidad que existe en la sociedad.

 No todo alimento es adictivo, sino que esto es patrimonio de las grasas y los azúcares ya que tienen la capacidad de estimular los mismos centros cerebrales de placer que las drogas o la sexualidad. Es esta capacidad adictiva una de los orígenes por la que muchas personas no pueden dejar de comer alimentos que engordan a pesar de reconocer que son perjudiciales para su salud y su peso. Por lo tanto, los móviles de por qué se ingieren más alimentos de los necesarios residen en el cerebro y que es, en realidad, quien los saborea.

Los alimentos con altos contenidos en grasa, azúcares o hidratos de carbono activan los llamados “centros de recompensa cerebral”, que son aquellos circuitos del sistema nervioso central que ante determinados estímulos decretan que el individuo desarrolle conductas aprendidas de búsqueda de las sustancias, comportamientos o alimentos que producen placer, aunque sea de manera transitoria.

Como en todas las actividades cerebrales participan sustancias químicas y en el tema de la ingesta excesiva de alimentos, la principal es la dopamina. Esta tiene dos funciones principales: por un lado, facilita el aprendizaje de conductas para buscar todo aquello que genera satisfacción y, por otro lado, refuerza y agiliza la memoria de lo que lo que sirve para encontrar esa recompensa llamada placer. Aunque sea fugaz, efímero y que la consciencia denuncie que resulte perjudicial para la salud.

Por otro lado, las endorfinas que siempre se liberan ante toda situación placentera, también aumentan la liberación de dopamina por lo cual el mecanismo se retroalimenta a sí mismo. Y, su vez, las endorfinas, per se, inducen el deseo para ingerir alimentos con alto contenido de grasa y azúcar. Para aclarar: la grasa o los hidratos de carbono en exceso, por ejemplo, no sólo son responsable del aumento de peso, sino también de no poder parar de ingerirlos.

Al mismo tiempo, las personas con sobre peso son menos sensibles a la leptina, la hormona que frena el apetito, anulándose así el mecanismo natural que informa al cerebro que el cuerpo ya no necesita más comida.
Detener la ingesta de alimentos ricos en grasas y azúcares implica atravesar un síndrome de abstinencia de igual forma que cuando se restringe una droga. Por ese motivo, se necesita una ayuda especializada e integral.

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