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12/05/2013
AMENAZAS DE LA VIDA COTIDIANA
 
 
El cerebro tiene una actividad clave para la vida: detectar las amenazas que nos rodean y reaccionar ante ellas. Las personas tienen distintas maneras de responder: unos se rinden, otros las enfrentan y algunos quedan devastados.

 Las situaciones serán amenazantes si: 1) son imprevistas o desconocidas, 2) impredecibles, 3) incontrolables y 4) atemorizantes para la seguridad interior o la certidumbre de la persona. Algunas amenazas son intensas y graves si ponen en riesgo la vida, mientras que otras son menos extremas pero más prolongadas. Estas últimas son las más frecuentes y se padecen a diario, por ejemplo, con incertidumbre laboral, conflictos sentimentales, sueldos escasos, cambio de reglas sociales, embotellamientos, inflación, inseguridad, etc.

Los hechos que perturban la vida cotidiana no afectan por igual a todos los seres humanos: será la manera en cada uno interpreta su realidad y de su resistencia, y que junto a su genética, definirá el tipo de respuesta a las diferentes amenazas que enfrenta.

Vale aclarar que para la salud resultan mucho más perturbadores aquellas situaciones que son continuas, simultáneas o prolongadas que las intensas pero puntuales. Con frecuencia determinan un evento curioso: se debilita la capacidad del sujeto para seleccionar lo que es importante de lo que no lo es.

Un hecho de interés es que la vida moderna, a pesar de ser más organizada que en siglos pasados y con mejores recursos para curar enfermedades o vivir de manera más confortable, tiene, sin embargo, niveles de amenazas más intensos y frecuentes que en épocas anteriores.

El centro de las respuestas del cerebro a las amenazas se localiza en la amígdala, una zona hacia donde convergen todas las señales que indican peligro y de donde salen, a su vez, diversas órdenes para que el organismo responda a lo que se percibe como peligros.

La primera reacción es que se incrementa la producción de hormonas específicas que generan cambios en el organismo. Las principales son la adrenalina, la vasopresina, la ACTH y el cortisol.

Estas sustancias, que impactan en cada persona de manera particular, modifican su manera de pensar, de sentir y de actuar ya que influyen sobre el propio cerebro.

Al principio, sus incrementos generan una reacción general de alarma con taquicardia, sudoración, insomnio y dolores difusos; en una segunda etapa, se impone una necesidad de recurrir a situaciones “gratificantes” aunque no necesariamente beneficiosas (comer cosas ricas o dulces, ingerir más alcohol, fumar más de la cuenta o buscar otras compensaciones) y, por último, genera enfermedad, sea física (hipertensión, trastornos cardíacos, dolores musculares, fibromialgia, hipotiroidismo, colon irritable, enfermedades autoinmunes, etc.) o emocional (angustia, ataque de pánico, depresión, bloqueo intelectual, disfunciones sexuales, mal humor, falta de placer, etc.).

Se impone consultar con su médico ya que estas hormonas son medibles por medio de sencillos análisis de orina y/o de sangre que no conviene dejar de realizar.

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