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27/01/2013
BORRAR LA MEMORIA
 
 
Aunque todos valoramos la memoria y tememos perderla, a veces puede resultar muy perturbadora si no permite el olvido. En el conocido relato de J.L. Borges “Funes el memorioso” el protagonista, para su desgracia, no solo tiene una memoria fotográfica sino además la capacidad de recordar mínimos los detalles de hechos muy antiguos e interconectados: “En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles…” dice el autor.

 Algo parecido le ocurre a quien pasa por una situación traumática generadora de miedo. Los especialistas llaman “memoria flash”, al proceso por el cual ante un determinado hecho (por ejemplo, el choque del automóvil) el cerebro no solo almacena el hecho en sí, sino además los detalles del contexto en que el mismo se produjo (la música que pasaba la radio, la cara de los peatones, el color del cielo, etc.). Hay una ley médica que afirma que “las neuronas que se disparan juntas se cablean juntas”, indicando que así se generan precisos circuitos cerebrales ante un determinado evento que se activan en un todo. Así, las neuronas que se activaron por el ruido del frenado de los neumáticos quedan asociadas con aquellas neuronas que registraban la música de la radio. A este proceso se lo llama “aprendizaje hebbiano”, en homenaje a Donald Hebb, un prestigioso psicólogo canadiense que lo describió en 1949.

De los miedos surgen las fobias. Si el miedo es la reacción normal a un determinado hecho, la fobia se va gestando por obra de los sucesivos repasos que realiza la memoria sobre los posibles desastres que podrían haber ocurrido. Así, ante el recuerdo del choque, se producen nuevas imágenes y emociones que se van agregando en cada ciclo del recuerdo, generando así un incremento progresivo del miedo. El decir, el inicial recuerdo traumático se va haciendo cada vez más intenso. En otras palabras, si el miedo comienza por un determinado hecho la fobia se genera como consecuencia de los posteriores repasos de las consecuencias imaginarias que podrían haber ocurrido. Esto es consecuencia de la acción de una zona del cerebro llamada “amígdala”. Por lo tanto, si se pudiera impedir que la amígdala repita y amplifique lo ocurrido, se podría evitar la aparición de fobias.
Esto lo logró un investigador llamado J. McGaugh, de la Universidad de California, en el 2001, al descubrir que la persistencia y amplificación de los recuerdos se podían evitar frenando la amígdala con unos medicamentos llamados betabloqueantes. Estos fármacos administrados de manera cercana al hecho traumático impiden la aparición de una serie de síntomas psíquicos y físicos asociados al miedo (palpitaciones, taquicardia, transpiración, hiperventilación, etc.) evitando de esta manera se instalen con firmeza en la memoria.

Esto plantea una cuestión de interés práctico: ante un hecho traumático la pronta administración de estos fármacos ayudaría a reprimir o diluir el recuerdo. Algo emparentado con el concepto de represión del psicoanálisis, por el cual se envía al inconsciente lo que la consciencia no puede tolerar.
 

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