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06/01/2013
LA HORMONA DEL AMOR
 
 
El inglés Henry Dale descubrió en 1936 una sustancia fabricada por el cerebro que tenía la capacidad de producir contracciones uterinas en una gata preñada a punto de parir. La llamó ocitocina y por esta investigación ganó el Premio Nobel de Fisiología.

 Con el correr de los años se fueron descubriendo nuevas acciones de esta hormona producida en la hipófisis. Un avance importante fue comprobar que también se produce en otros órganos del cuerpo.

También que tiene una participación clave durante las relaciones sexuales ya que aumenta en la mujer la lubricación vaginal y en el hombre participa en la producción de testosterona y en la capacidad de erección. Como un dato de interés los niveles máximos de ocitocina ocurren durante el orgasmo y en los momentos previos y posteriores al mismo.

Desde hace muchos años los obstetras suelen utilizar inyecciones de ocitocina para facilitar el trabajo de parto ya que incrementa la frecuencia y la intensidad de las contracciones uterinas. La medicina oriental, por su lado, estaba en conocimiento desde hace algunos cientos de años que lo mismo se podía lograr si se acariciaban los pezones de la embarazada por parir.

Estos conocimientos permitieron seguir avanzando en las investigaciones y constatar que no solo las relaciones sexuales y el orgasmo aumentan los niveles de esta hormona, sino que también se logra a través de los besos, mimos y caricias que se brindan las parejas, en cualquier tipo de contacto físico consentido, durante los masajes, al acariciar a una mascota, al acunar a un bebé en brazos, al realizar cualquier acto de generosidad y entrega hacia otros, al practicar yoga, meditación, reír o participar en agradables situaciones en grupo, sea una buena comida o cantar en un coro.

Todo aquello que tienda a aumentar la producción de ocitocina tiene no solo efectos sobre el bienestar y el placer sino que es una herramienta poderosa para disminuir los niveles de estrés, mejorar el estado de salud y aumentar la eficiencia del sistema inmunológico.

Esto último como consecuencia de que la ocitocina incrementa la cantidad y las funciones que cumplen los monocitos, una variedad de glóbulos blancos y principales soldados del sistema de defensa contra agentes extraños que invadan nuestro organismo.

Peter Klaver, de la Universidad de Zurich, comprobó que esta hormona es necesaria e importante para crear sentimientos de confianza y vinculación no solo en las parejas sino en situaciones de interacción interpersonal. “Sabemos que la oxitocina es una hormona que juega un rol crucial en el comportamiento social, este conocimiento avanzaría nuestros estudios sobre el autismo, donde un daño existe que impide una correcta comunicación social”, afirma.

Facilita además el reconocimiento facial, proceso fundamental de la memoria en la vida social y que se inicia precozmente en la mirada de la madre con su bebé. Como consecuencia entonces de su participación en el cuidado materno filial, en los vínculos de amistad social y en la sexualidad humana es que algunos la llaman la “hormona del amor

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