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20/03/2011
El Prejuicio
 
 
Rodolfo Moguillansky, un prestigioso psicoanalista argentino, en su trabajo La fugacidad del instante afirma: “Ver para creer dice el dicho popular. Se suele decir que si vemos creemos y que creemos si vemos. ¿Qué vemos cuando miramos? Es frecuente que sintamos que cuando vemos atrapamos la verdad del mundo. Esta idea de atrapar el mundo con nuestra mirada es solidaria con la idea de que las cosas “son como son y están a la vista”: “al pan, pan y al vino, vino”.

No es habitual que cuando miramos consideremos que a través de la percepción solo tenemos impresiones y que lo que vimos, entonces es sólo una versión momentánea de un instante fugaz, y además visto desde un cierto ángulo y desde un determinado estado subjetivo”.
Una anécdota publicada hace un tiempo en el diario español El País sirve para ilustrar la afirmación de este autor y reflexionar sobre el prejuicio, hecho frecuente en el pensamiento humano. En una hora pico de una estación de subte en la ciudad de Washington (EEUU) un músico vestido con un jean, remera y gorra tocaba su violín, un Stradivarius de 1713. Era Joshua Bell, uno de los más destacados violinistas del mundo, que tres días antes había colmado de público el Boston Symphony Hall, a 150 dólares la entrada. El artista se estaba prestando a una prueba a fin de comprobar la reacción de la gente y el fin apreciar cuanta propina recolectaría.
A los 43 minutos habían pasado ante él 1.070 personas. Sólo 27 le dieron dinero, la mayoría sin pararse y en total, juntó 32 dólares. "Era una sensación extraña, la gente me estaba ignorando", declaró Bell después del experimento y "estaba extrañamente agradecido" cuando alguien le tiraba al paso unas monedas en la funda del violín, ya que nunca se formó un corrillo.
El prejuicio es la evaluación preconcebida de las personas, un preconcepto sin realmente conocer a un individuo. En el ejemplo mencionado, puede tener una connotación positiva (aceptar que el músico es bueno si toca en un teatro importante) o negativa (de rechazo o indiferencia por estar en el subte), aunque casi siempre prevalece esta última característica.
Con el prejuicio se pueda dañar, y mucho, a una persona sin conocerla. Así, algunas son excluidas injustamente por algún aspecto físico (sobrepeso, color de la piel) de un trabajo, de lograr un préstamo bancario, de entrar a un boliche o participar en eventos sociales, etc. Otras pueden ser agredidas (como cuenta César) o insultadas por usar una vestimenta particular o profesar una determinada religión.
Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a etiquetar a las personas aun sin conocerlas, tendencia que sustenta la discriminación, y donde, por mencionar un par de ejemplos, el racismo y la homofobia son tristes expresiones del mismo. En general, el prejuicio contribuye poco o nada al armónico desarrollo social, ya que tiende a ofender a grupos y generar ira y odio en quienes son discriminados, y son, a su vez, fuente de posibles nuevo prejuicios en las víctimas.
Las personas prejuiciosas habitualmente frustradas, resentidas y envidiosas proyectan en otros las causas de sus limitaciones y conflictos irresueltos, intentando demostrar pode con una peligrosa violencia.
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E. Norberto Abdala, para VIVA del 20-3-11


 

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