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20/12/2012
Consecuencias del Desempleo
 
 
El desarrollo humano no sólo es el del cuerpo en tanto condición biológica sino, especialmente, el de la identidad, la cual se va construyendo -entre otros factores- a través de la inserción en la sociedad. En otras palabras, existimos en tanto seres vivos, pero somos en la medida que podemos desarrollar socialmente nuestra personalidad.

El desarrollo humano no sólo es el del cuerpo en tanto condición biológica sino, especialmente, el de la identidad, la cual se va construyendo -entre otros factores- a través de la inserción en la sociedad. En otras palabras, existimos en tanto seres vivos, pero somos en la medida que podemos desarrollar socialmente nuestra personalidad.
El trabajo es -además de una manera de ganar dinero, de ser un medio de vida o la forma de lograr productos y riqueza- el marco donde se constituye la subjetividad psíquica. La falta de trabajo o su precariedad afecta, en consecuencia, el equilibrio emocional y el sentido de la identidad del individuo. El reconocimiento por parte de los demás está muy relacionado con el trabajo. Como ejemplo, seré y me sabré médico en tanto tenga pacientes que me reconozcan como tal.
Este reconocimiento laboral es una gratificación que tiene un valor homologable a la expresión de amor por parte de un ser querido. Es por eso que cuando se pierde el trabajo, un seguro de desempleo o un subsidio similar no resultan suficientes para el bienestar psicológico y emocional del desocupado. Ninguna situación de trabajo es neutra para la salud ya que o bien juega a favor de la realización personal o se vuelve un factor que enferma.
Cuando las situaciones de trabajo se tornan precarias, la necesidad de trabajar puede determinar que el individuo, para no perderlo, traicione sus propios valores y esté obligado a sostener condiciones laborales que interiormente reprueba, lo que lo induce una progresiva autodesvalorización.
La necesidad de no perder el trabajo hace que no haya lugar para la confianza ni la cooperación, ni preocupación ni respeto por el otro. Por el contrario, el temor a perderlo o la lucha por conseguir el puesto que escasea lleva a desplegar una actitud vigilante y agresiva. Se pierde el compromiso en la acción cívica y comunitaria y se manifiesta el individualismo, como forma de defensa: todo vale para salvarse, incluso si es necesario perjudicar al prójimo.
La desocupación puede ser vivida por el individuo con culpa diciéndose “perdí el trabajo”, como si él mismo lo hubiese provocado. Se culpabiliza en lugar de sentirse víctima y de manera consciente o inconsciente, lo vivencia como “no debía servir para eso”, “no era mi vocación”, “no hice todo lo que era necesario” o “no supe mantenerlo”. En realidad, la desocupación es un trauma, una violencia exterior al individuo, un quiebre que marca un antes y un después que afecta no sólo a quién no trabaja sino a todo su entorno familiar.
La desocupación daña al privar al individuo no sólo de los recursos económicos necesarios para vivir sino, además, de los efectos estimulantes y saludables de la actividad, con los aportes para su autoestima y el soporte que brinda un grupo de pertenencia.
Cuando el Estado sólo atiende con un aporte económico (y siempre muy precario) está atentando contra la salud mental de la población ya que la salud psicológica es, como se dijo, consecuencia del doble proceso de amparo de la identidad en el terreno del amor y del sustento de la identidad en el terreno social que se da, inevitablemente, a través del trabajo.
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Para VIVA del 10 de octubre de 2010.

 

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