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20/12/2012
El Riesgo De La Exigencia
 
 
En un mundo cada vez más competitivo no es difícil de entender que muchas personas deseen el éxito como requisito para lograr su bienestar o felicidad y con frecuencia el camino que eligen es el de la exigencia. A través de ella se supone que quien realice un intenso esfuerzo podrá desarrollar al máximo sus potencialidades personales y logrará así llegar a la meta propuesta.

En un mundo cada vez más competitivo no es difícil de entender que muchas personas deseen el éxito como requisito para lograr su bienestar o felicidad y con frecuencia el camino que eligen es el de la exigencia. A través de ella se supone que quien realice un intenso esfuerzo podrá desarrollar al máximo sus potencialidades personales y logrará así llegar a la meta propuesta.
Quien es exigente (tanto consigo mismo como con terceros) está convencido que basta la exigencia y la voluntad, para que un objetivo sea alcanzado. Es lo que se resume en la creencia “querer es poder”. Sin embargo, querer y poder no son sinónimos. Querer es canalizar la intención y la energía tras un objetivo determinado; poder, en cambio, es conocer si se disponen de los recursos personales adecuados para lograrlo.
La exigencia presupone que lo más importante es lograr una meta, sin valorar ni que importe mucho el costo que implique, da por hecho el que se puede alcanzar, sin que importe mucho el modo y las consecuencias que pueda acarrear. Es decir, no existe el “no” como posible respuesta, ya que esta es siempre “sí o sí”.
Muchos padres sobre exigentes lo son sobre sus hijos ya desde pequeños y aspiran a que resuelvan situaciones difíciles, muchas de ellas imposibles para su edad. Es un vínculo conflictivo ya que los padres se frustran y angustian si los chicos no responden a sus expectativas y entonces tienden a reforzar más aun la exigencia. La consecuencia son papás preocupados o angustiados y chicos con trastornos psicosomáticos o problemas de conducta.
Si un hijo siente que sus padres tienen expectativas que él no puede cumplir, es común que sucedan 2 alternativas: 1) que realice un fuerte esfuerzo de sobre adaptación (que puede derivar en enfermedades psicosomáticas) o 2) que sienta una sensación de fracaso que se traducirá en diversos problemas (depresión, agresión, hiperactividad, protestas, caprichos, ingesta de alcohol o drogas, etc.). Por lo tanto, mejor que exigir es proponer, preguntar, pedir, evaluar las reales posibilidades y deseos y aceptar que el otro tenga derecho a decir “no” o “no puedo”.
La persona exigente tiene 3 características francas: 1) pretende objetivos que no solo quiere o exige al otro alcanzar, sino que los considera muy adecuados y legítimos, 2) se siente el dueño de la verdad y no toma en consideración la opinión del otro y 3) está convencido que si lo demanda la realiza con firmeza le hece un favor a quien resulte exigido.
Cada persona tiene sus límites que debe aceptar con realismo. Sin embargo, muchas personas se esfuerzan en decir siempre que sí por el temor a ser rechazadas y por una imperiosa necesidad de ser aceptadas. En realidad, el pretender ser queridas implica una autoexigencia, que se suma a la del otro, combinación que siempre afecta, inexorablemente, de manera negativa.
Las consecuencias sobre la salud son variadas expresándose con falta de energía, malhumor, irritabilidad, depresión, falta de deseo sexual, frustración, ansiedad, insomnio y trastornos psicosomáticos diversos.
Poder decir que no libera, permite dedicarse a lo que verdaderamente se desea y a encontrarse con uno mismo.
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E. Norberto Abdala, para VIVA del 3-7-11

 

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