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20/12/2012
La Explosiones de Ira
 
 
La agresividad es un rasgo biológico y constituye una herramienta defensiva al servicio de la supervivencia tanto en los animales como en el ser humano. Sin ella ninguna especie hubiera podido evolucionar ni perpetuarse como tal.

La agresividad es un rasgo biológico y constituye una herramienta defensiva al servicio de la supervivencia tanto en los animales como en el ser humano. Sin ella ninguna especie hubiera podido evolucionar ni perpetuarse como tal.
Pero se transforma en un problema cuando la rabia, la ira o el enojo en un individuo se expresan como “explosiones” que no tienen una función adaptativa sino que expone alguna frustración en su personalidad.
Muchas personas a veces se comportan de manera sorprendente: se enfadan de manera muy exagerada por una nimiedad y reaccionan con una agresividad totalmente desproporcionada. Los ataques de ira se pueden disparar por un motivo insignificante y en personas habitualmente no violentas, por lo cual resultan incomprensibles para quienes los conocen. Incluso, después de esas reacciones hasta ellos mismos se avergüenzan, tienen sentimientos de culpa y autorreproches. Es más frecuente entre los hombres que entre las mujeres y se llama “trastorno explosivo intermitente”.
La valoración de los sucesos diarios cuando la mente está inundada de rabia altera la visión objetiva o ecuánime sobre un suceso e impide poder encontrar adecuados mecanismos para una reacción constructiva. Es así frecuente, que muchas personas pasen bastante tiempo enfadadas, sea con los hijos, con los amigos, con la pareja, con el trabajo o con la vida.
Es también de gravedad la incidencia directa que tiene sobre la salud de quien padece esa ira, generando o agravando un amplio abanico de enfermedades cardíacas, hipertensión arterial, diabetes, depresión, trastornos gastrointestinales, etc.
El enfado implica querer negar una realidad que amenaza la autoestima o una expectativa previa. Lastima y duele como un golpe y por eso se reacciona con rabia y agresividad. La reacción de los otros termina, como en un círculo vicioso, por inducir mayor agresividad en la persona iracunda, generando a su alrededor un progresivo alejamiento o abandono de los demás.
La persona proclive a la ira es la principal perjudicada ya que afecta la relación con sí mismo y se convierte en la primera víctima de su propia ira interior. Como alguien dijo “la ira es como una piedra ardiendo que a quien primero quema es a quien la lanza”.
Las investigaciones que intentan identificar regiones cerebrales involucradas en las emociones humanas han puesto en evidencia un déficit funcional en la región del estriado ventral, zona que participa de manera importante en la regulación de la ira.
Antes e inmediatamente después de la inducción de ira se han comprobado alteraciones en varios parámetros físicos: la frecuencia cardiaca, la tensión arterial, los niveles de testosterona, de adrenalina y cortisol y la activación asimétrica del cerebro (sobre todo en los lóbulos frontales y temporales).
Por lo tanto Fabián, su hijo necesita ser atendido en principio por un psiquiatra quien le solicitará una serie de estudios a fin de investigar una posible alteración en su funcionamiento cerebral. Y seguramente le recomendará también hacer una psicoterapia para poder aprender a tolerar las frustraciones.
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E. Norberto Abdala, para VIVA.
 

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