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10/06/2012
La inteligencia 25-12-05
 
 
Sobre el tema de la inteligencia existen algunos mitos. Quizás el más difundido es el que sostiene que se trata de una condición que traemos como un rasgo hereditario. Pero, en realidad, esto es falso: la inteligencia es una cualidad que es producto del desarrollo.

 Sobre el tema de la inteligencia existen algunos mitos. Quizás el más difundido es el que sostiene que se trata de una condición que traemos como un rasgo hereditario. Pero, en realidad, esto es falso: la inteligencia es una cualidad que es producto del desarrollo.

Como muchos atributos humanos, la inteligencia no pueda verse ni  localizarse, sino que se despliega según la manera en que una persona se comporta y se relaciona con el mundo. 
Un ejemplo: todos nacemos con la capacidad de nadar, pero si una persona vive en un lugar en que no hay ríos, lagos o piletas de natación, nunca podrá desarrollar esa capacidad, de igual manera, si vive cerca del agua pero nunca se introduce en ella o si tiene una enfermedad física que se lo impida. En cambio, a quien por vivir cerca del río, se le enseña a nadar de niño aprenderá a hacerlo de manera eficiente y, si la familia contratara a un profesor, o más aun a un entrenador, podrá llegar a ganar medallas en competencias de natación. Lo mismo pasa con la inteligencia: si no se estimula ésta se desarrollará sólo en parte, pero si se vive en un ambiente favorable que aporta estímulos, oportunidades y entrenamiento, la inteligencia podrá desarrollarse en todo su potencial. Se calcula que un adulto usa sólo una parte de su capacidad cerebral, por lo cual queda una gran reserva que se desperdicia por falta de uso.
Obviamente, la salud física del cerebro es uno de los factores que más influyen en el desarrollo de la inteligencia. En consecuencia, una dieta pobre o enfermedades de la infancia, atentan contra la posibilidad de un buen desarrollo. Estas condiciones en la actualidad de nuestro país resultan preocupantes respecto a las generaciones futuras. Dentro de los “alimentos” estimulantes debe incluirse también al tope de la lista, el “alimento afectivo”, ya que niños privados de un entorno emocional adecuado, también verán afectado su desarrollo intelectual. Esto se comprobó en instituciones que crían niños con dietas balanceadas de alimentos pero pobres en estímulos afectivos: los chicos son apáticos y lentos en su desarrollo intelectual.
Las investigaciones en neurociencias coinciden en demostrar que los niños criados en ambientes de abandono o empobrecimiento intelectual, desarrollan niveles de inteligencia por debajo de lo normal. Por el contrario, se ha demostrado que las personas con alta inteligencia han estado expuestas en su infancia a niveles altos de estimulación intelectual y han sido criadas por padres que valoraron la educación, mucho antes, incluso, de comenzar la edad escolar.
Las personas a las que se estimula a ser independientes, a pensar, a planear y explorar llegan a ser más inteligentes que aquellas mantenidas en una relación de dependencia, en las que se castiga el planteo de nuevas ideas o preguntas y se reprime toda expresión de autonomía.
María Montessori, que fue la primera mujer médico italiana, descubrió ya hace mucho tiempo, que el aprendizaje óptimo se producía en edades inferiores a las que se creía. Llegó incluso a afirmar que la educación clásica y tradicional no llega a descubrir las auténticas capacidades de un niño. Aunque se debe señalar, también, que un aprendizaje acelerado que no respete la maduración emocional del niño, puede resultar perjudicial y trabar el desarrollo de buenas condiciones innatas y naturales.
Pero ¿qué es ser inteligente? Por lo general, existen criterios diferentes entre un especialista y un lego. Para el primero, es poseer un vocabulario amplio, comprender lo que se lee, resolver problemas de manera correcta y decidir en forma precisa entre opciones diversas. Para el común de la gente, significa eso pero mucho más: es también reconocer errores, pensar las cosas antes de hacerlas, tener interés en lo que pasa a alrededor, tener sensibilidad ante las necesidades de los otros y ser solidario. La inteligencia, en ese sentido, no es ajena a la sensibilidad.
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