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09/06/2012
El vino y sus riesgos
 
 
Su consumo excesivo (al igual que el de otras bebidas alcohólicas) está asociado a accidentes automovilísticos, a conflictos familiares, a violencia y al daño físico por lesionar y destruir diversos órganos de nuestro organismo. Especialmente, deja en ruinas a dos de ellos: el cerebro y el hígado, aunque no sean los únicos que pueden dañarse.

El poeta francés Baudelaire afirmaba que “si el vino desapareciera de la producción humana, creo que en el intelecto y en la salud humana se produciría un vacío, una ausencia, una deflexión mucho más tremenda que todos los excesos de los que se acusa al vino”.
Sin embargo, detrás de esta visión romántica, es reconocido que su consumo excesivo (al igual que el de otras bebidas alcohólicas) está asociado a accidentes automovilísticos, a conflictos familiares, a violencia y al daño físico por lesionar y destruir diversos órganos de nuestro organismo. Especialmente, deja en ruinas a dos de ellos: el cerebro y el hígado, aunque no sean los únicos que pueden dañarse.
El mecanismo por el cual el alcohol origina estos daños depende de dos sustancias químicas que derivan de su metabolismo: el acetaldehído y los radicales libres. El acetaldehído es una sustancia muy tóxica y responsable de la resaca que padece quien tomó alcohol en cantidades importantes, ya que produce, entre otras, deshidratación por un exceso de diuresis, afecta el sistema nervioso y disminuye los niveles de azúcar en la sangre. Como acciones independientes pero convergentes estos tres efectos señalados apuntan a un blanco clave: la neurona.
La otra sustancia, los radicales libres son moléculas inestables (significa que perdieron un electrón), altamente reactivas que tratan de recuperar el electrón que necesitan de otras moléculas vecinas (lípidos y proteínas de las membranas celulares) que al ser dañadas, no podrán cumplir ni con sus funciones específicas ni con el proceso de regeneración y reproducción celular.
A su vez, la molécula afectada (a quien entonces le falta un electrón) se convierte en un radical libre, iniciándose así una reacción en cadena que dañará muchas células, proceso que puede ser indefinido si no intervienen para neutralizarlo los antioxidantes naturales que también produce el organismo. Si en esta guerra entre radicales libres-antioxidantes ganan los primeros se produce lo que se llama estrés oxidativo, un tipo particular de reacciones químicas que “oxidan” los tejidos y las células de diversos órganos.
 La ingesta desmedida de alcohol produce la muerte de las neuronas, tanto de las existentes como de las nuevas que se van formando. Una región cerebral especialmente vulnerable es el hipocampo, involucrado directamente en los fenómenos de memoria y aprendizaje.
Se estima que un 65% de los hombres y un 30% de las mujeres adultas (porcentajes quizás mayores ocurran en los jóvenes) consumen alcohol con mayor frecuencia y cantidad de lo conveniente. Quizás en esto haya influído la leyenda de que tomar alcohol es algo bueno y que beber una copa de vino resulta beneficiosa para la salud, especialmente la cardíaca. Afirmación que a pesar de ser verdadera no debe significar una suerte de pase libre para no beber con moderación, ya que, en caso contrario, puede ser el comienzo del camino al alcoholismo.
Resulta interesante recordar a S. Freud quien decía que “con un poco de espíritu y mucho placer, el alcohol convierte al adulto en un verdadero niño que se complace dejándose llevar por sus pensamientos, sin preocuparse por los límites de la lógica”.
 

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