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09/06/2012
Incoherencias 18-12-11
 
 
El ser humano tiene una incuestionable necesidad de justificar sus acciones, tanto ante los demás como ante sí mismo. Y a pesar de que no siempre funciona como un ser racional, de lo que no hay duda es que necesita creerse coherente.

El ser humano tiene una incuestionable necesidad de justificar sus acciones, tanto ante los demás como ante sí mismo. Y a pesar de que no siempre funciona como un ser racional, de lo que no hay duda es que necesita creerse coherente.
Por lo tanto, es frecuente que una vez tomada una decisión, le cueste reconocer que tal vez se haya equivocado. Es por eso que defiende la alternativa elegida para poder percibirse a sí mismo no solo como persona congruente sino, además, porque al defender la elección, intenta convencerse de que ha elegido bien, que posee convicciones sólidas, que sin duda es inteligente y que no se equivoca en lo que hace.
No es de extrañar entonces que, muchas veces, una persona no sepa o no pueda escuchar, resultando una misión imposible lograr que cambie de opinión o revise su manera de pensar ya que, por lo general, necesita afirmar a toda costa su sensación interna de coherencia.
En tales situaciones se tiene la impresión de que no defiende una determinada postura con una serie de razones que ofrece a los demás, sino que da esas razones porque necesita defender su postura. En otras palabras, las personas difícilmente reconocen sus inconsistencias o incongruencias, sino que tratan de justificarla.
En 1957, el psicólogo L. Festinger  llamó “disonancias cognitivas” (cognitivo significa pensamiento o creencia) a las tensiones internas que siente toda persona al caer en la cuenta de que tiene pensamientos contradictorios o comportamientos incoherentes. La percepción de esas desarmonías lo lleva a buscar recuperar la congruencia mediante determinadas estrategias o acciones. Esto no resulta muy fácil de cumplir porque, además, ciertos actores sociales no ayudan, ya que se ha vuelto más sofisticados (y muchas veces mentirosos) desde lo cultural, lo político o lo tecnológico. El incremento de los discursos, de los enfoques y de los argumentos hace más difícil construir un marco conceptual propio, ya que la afluencia de datos y referencias de confirmación contrastan con la convicción individual, provocando en muchos casos dispersión o confusión.
Un ejemplo típico para citar es el de los fumadores que, aun sabiendo que fumar tiene efectos perjudiciales, tratan de mitigar esta incoherencia mediante una serie de estrategias como pensar que a ellos no les pasará nada, que fumar algún que otro cigarro no tiene importancia o que pronto lo dejarán. Así, entonces, cuando un fumador lee en una revista que fumar quita varios años de vida, sabe y reconoce que es cierto, pero lo puede llegar a justificar pensando algo así como “pero quita los últimos años que son los peores”. A su vez, las fábricas de cigarrillos, con cinismo, promueven deportes o la vida sana.
Según Festinger, las personas nos sentimos muy incómodas, tensas y estresadas cuando mantenemos simultáneamente creencias contradictorias o cuando esas creencias no están en armonía con lo que hacemos. De ahí que se tienda, consciente o inconscientemente, a anular una de las opciones para intentar salir de la contradicción. Es decir, que ante situaciones de este tipo, se busca aliviar dicha tensión como sea, aun con el autoengaño.
 

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